El mundo al revés- cuento infantil

Hicimos la fila antes de entrar en clase por orden alfabético.

Cuando sonó el timbre entramos y nos pusimos cada uno en su sitio.

 

De repente, todo estaba al revés: la pizarra dada la vuelta, la lámpara en el suelo, las sillas en el techo y todos los niños flotando, sin pisar el suelo ni tocar el techo.

No entendía nada pero… ¡parecía tan divertido!

 

Entró la maestra con los zapatos en las manos y cogiendo la tiza con el pie comenzó a escribir en la pizarra.

-Un momento- pensé- no se ve lo que escribe.

Tras pasados unos segundos:

-Pepito, sal a resolver el problema.

-Pero…

-¡Pero nada!, ¡sal ahora mismo!

Me levanté del sitio y, flotando, llegué hasta la pizarra.

Estaba nerviosísimo. No sabía qué escribir porque no se veía lo que ponía…aunque tampoco se iba a ver lo que pusiera yo.

Decidí poner un número al azar para que pareciera que lo había resuelto.

-¡Muy mal!, ¡a tu sitio!

Agaché la cabeza y me senté.

Cuando sonó el timbre, la maestra de matemáticas se fue y a los cinco minutos vino el profesor de lengua.

Llevaba también los zapatos en las manos, las gafas en el culo y escribía con los pies.

Ese día pareció, en un principio, muy divertido…pero a mí ya me estaba dejando de gustar, incluso me daba miedo.

De todos los niños que había me mandó leer a mí…

-¡Qué mala suerte!- dije en bajito.

Abrí el libro que me dijo y comencé; o lo intenté…porque ¡tampoco allí había letras!

Todos los niños se empezaron a reír de mí.

Cuando llegó la hora del recreo me senté solo. Estaba triste y no quería jugar con nadie.

De pronto alguien me silbó.

-¡Eh, tú!, ¡niño!

Miré a todos lados y no vi nada.

-¡Aquí abajo!

No me lo podía creer. Era la letra “I”.

Me dijo que todas sus amigas, las otras letras, y sus amigos los números habían sido secuestrados por un malvado brujo, el cual había lanzado un hechizo en el colegio para que todo estuviera al revés porque no quería que los niños aprendieran. Estaba enfadadísimo.

Ella había conseguido escapar porque era muy delgadita y pequeña. Había salido por una ranura de la caja donde estaba.

Pepito sólo pudo abrir la boca en señal de sorpresa y correr donde la letra le indicó.

 

Cuando llegó allí todo estaba oscuro y se escuchaban risas malvadas.

Unos chillidos agudos le guiaron hasta el lugar.

Allí estaba el Brujo Tontón, delante de la caja.

-No te dejaré pasar-dijo-.

-¿Por qué les has encerrado?

-Porque no quiero que aprendáis. Quiero que seáis como yo: tontos.

-¡Pero yo quiero aprender!, ¡yo quiero leer y escribir y cada día en mi cabeza algo nuevo introducir!

-¡Oh no! Has dicho una rima. ¡No digas rimas o me matarás! Los niños sois más felices así, todo el día jugando sin hacer tareas.

-No Brujo Tontón. Yo quiero aprender y entre mis  manos siempre un libro tener.

El Brujo Tontón no aguantaba las rimas y cada vez se estaba poniendo de un color diferente.

Pepito no paró de decir rimas y de repente…

¡Pun, chín, pan, tín! ¡Una explosión de colores!

 

Todo volvió a la normalidad: las letras y números en los libros, el techo en su sitio y el suelo también,…

Todos los días cada niño cogía un libro para leer…sino, ya sabéis, el Brujo Tostón regresaría.

 

Y colorín, colorado, el mundo al revés se ha colocado.

 

 

 

 

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